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martes, 25 de julio de 2017

Esperanzas, aspiraciones y deseos




Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater, como cada día desde el mes de Junio, que es cuando empieza el verano y Londres se llena de turistas.

He pasado dos meses observando a la gente que deambula por los pasillos desde uno de los bancos del andén. Los veo pasar, todos van ajetreados a algún lugar, siempre con prisas, indiferentes a lo que tienen alrededor.
Ninguno parece reparar en mi presencia anodina que me hace invisible.

Voy sin maquillar, y mi largo pelo negro lo llevo bien peinado y recogido. Pantalones vaqueros y camiseta blanca de manga corta con el logo del Manchester United, mi equipo favorito. Al hombro, La mochila azul de la universidad donde curso estudios de filología inglesa, y un libro en la mano, para leer algún pasaje que calme mi espíritu atormentado. Podría decirse que entro dentro del baremo que me calificaría como ciudadana británica y cosmopolita.

Delante de mí se para una pareja de jóvenes, deben ser novios, pues escucho palabras suaves casi susurradas, sorprendiendo tocamientos cariñosos. Seguro que ambos tienen proyectos en común y mucha ilusión por llevarlos a cabo. Presiento que cada uno es el portador del corazón del otro. De momento no piensan en el desengaño, o en que alguien ajeno a su relación pueda romper en un momento dado esa armonía ideal que reina entre ellos. 

Un hombre de mediana edad les flanquea, el típico Yuppie bien trajeado que seguro, y por las horas que son, se dirige a la London Stock Exchange, para jugar sin escrúpulos con el dinero de los demás. Un lobo con piel de cordero en medio de un rebaño de ovejas mansas aturdidas por el ocio y el ego. Lleva su cartera bien aferrada, como si portara lo más valioso en ella. No augura que los bienes de esta tierra son perecederos y que no habrá beneficios por invertir en las malas acciones.
Sonrío ante el doble sentido de la frase, hoy estoy ocurrente a pesar de mi nerviosismo ante la gran prueba.

Quedan unos minutos todavía para que llegue el tren a la estación y sigo entretenida, observando a unos ancianos, que hacen corrillo un poco más allá de un cartel que irónicamente anuncia una crema revitalizante para la piel.
Vuelvo a sonreír con disimulo pensando en las bromas del destino, que nos muestra de esta manera su sentido del humor más irónico, sarcástico y corrosivo. Seguro que estos individuos están asegurados a todo riesgo con una buena póliza de vida que no será más que papel mojado cuando llegue el momento. 
Con lo frágil e insegura que es la existencia y lo imprevisible de los acontecimientos, seguimos depositando nuestra confianza y ponemos nuestra fe en cosas banales.
Cuanta ingenuidad, cuanta inmadurez la de los seres humanos.

Veo a una madre con un bebé metido en un cochecito y un niño de la mano de unos cinco años con el que habla animadamente sobre un programa infantil de televisión, que verán juntos cuando lleguen a casa, después de hacer las tareas escolares. 
Ellos son el ejemplo del futuro imperfecto que miserablemente esperamos todos. De la esperanza en lo deseado, de lo esperado como vaticinio placentero. 

Promesas tantas veces incumplidas, esperanzas vanas y cicateras. Son la imagen de un mundo que perdió hace mucho los valores intrínsecos que esos niños todavía tienen. Poseedores del amor que debería mover a esta sociedad enferma y podrida de intereses.

Los veo a todos de forma general, en panorámica, mientras el convoy hace su entrada en la estación y va frenando con un chirrido agudo de sus ruedas.

Abro el libro por una de sus páginas mientras se abren las puertas del metro y rezo por el alma inmortal de todos ellos. Elevo la mirada al cielo inexistente, pues solo unos neones sustituyen al sol que es tan ruin en esta ciudad gris y lluviosa que me acogió.

Y mientras lo hago, dirijo las últimas palabras que saldrán de mi boca al creador de todo. El único que posee el amor suficiente para perdonar, la vida eterna con la que recompensarnos. Al lahu ákbar. Él como único tesoro que merece la pena poseer.

Estoy convencida que hoy recuperaré la inocencia que perdí cuando ingresé en el engranaje corrupto y tiránico de occidente...

En unos segundos una fuerte explosión cuyo foco primigenio es la mochila de Aamaal*, destroza tímpanos, desgarra cuerpos, y quiebra mamparas y cristales.
La sangre salpica los suelos y las paredes. El olor a quemado junto al humo fluye por los respiraderos de la estación de Bayswater, que hoy deja de ser una bahía subterránea de aguas tranquilas en medio de una ciudad agitada por el caos.



*Aamaal es un nombre árabe de mujer cuyo significado es el mismo que figura en el título del relato.




Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 12 de julio de 2017

Vida plena





Estaba seguro que en aquel edificio como en muchos otros no sería bienvenido, le tendrían prohibida la entrada. Pero él se había criado en la calle, tenía un extenso expediente de noches de vigilia y ayuno forzado maullando a la luz de la luna. Se las sabía todas y no estaba dispuesto a perder la oportunidad. Era perro viejo, bueno, en este caso gato. Tenía hambre, y quería ponerse las botas.

Se cuela por la puerta de servicio, por donde sacan la basura, y pegado a las paredes, accede a una sala grande donde unos humanos arrugados, de movimientos lentos y cansinos, se reúnen en torno a una mesa, tirando sobre ella unos cartoncillos muy desgastados con imágenes coloreadas mientras balbucean palabras incoherentes como: “¿Vas a echar carta o esperamos a la medicación?", “Barajea de una vez”, “¿A qué jugamos? ¿Cinquillo, brisca, o chinchón?", “Me tienen que cambiar el empapador, me he mojado entera”, “ Ha salido el palo de bastos”.

Cuando oye lo del palo pega un brinco y se agazapa alarmado. Estos humanos casi siempre se muestran violentos con los de su especie, aunque estos en concreto parecen tranquilos a la vez que indefensos.

Ni lo ven pasar, silencioso como felino y negro como sombra, se parapeta junto a las patas de un sillón. Pero está equivocado, una voz cascada dice de pronto: “Me pareció ver un lindo gatito” y una mano sarmentosa se posa en su cabeza inesperadamente y le acaricia suave. ¡¡Ahhh!! Había olvidado esa sensación de bienestar, empieza a ronronear como cuando era cachorro y se deja llevar por el momento. Confiado levanta los ojos y ve a una mujer viejita que le sonríe dulce y pacífica. Él tuvo una vez un ama que era igual que ella.

Le susurra palabras que no entiende, pero que presiente amistosas, y confiado, se le sube a las rodillas.
Esa noche cena bien y duerme dentro de un armario entre zapatos, calcetines de lana y ropa variada. No le importa, de nuevo se siente querido y aceptado.

En la residencia de ancianos, “Vida plena”, nadie sospecha de su presencia, pero todos presienten que hay gato encerrado cuando de vez en cuando maúlla por lo bajini las noches de luna.

Derechos de autor: Francisco Moroz


viernes, 7 de julio de 2017

Querer es poder






Estaréis de acuerdo conmigo en que hacer gárgaras con vino tinto no os va curar un carcinoma de laringe aún siendo el vino de los caros y con denominación de origen. 
Como tampoco el cantar un bingo o ganar una mano a la ruleta, os vaya a solucionar la vida a nivel financiero. Pero nadie ha demostrado todavía, que esto pudiera ser imposible del todo.

A cada uno de nosotros se nos han planteado en más de una ocasión desafíos que en un principio nos parecieron impracticables, pero que con esfuerzo, tesón, sacrificios, herramientas y medios adecuados fuimos capaces de realizar con resultados satisfactorios. 
Que se lo pregunten si no a las mujeres trabajadoras que además son madres.

Personalmente me hallo en esa tesitura. La de haber recibido un encargo harto dificultoso en su resolución, algo que se presupone casi tan imposible como la teoría geométrica que expone la posibilidad de cuadrar un círculo.

¿Qué en qué consiste el trabajito?

Pues más o menos en lo que os comentaba en un principio: Librar a un hombre de reconocido prestigio, de un cáncer que le está consumiendo, hundiéndolo en la más penosa de las miserias, llenándolo de desesperación.

Dispongo para ello de preparación suficiente para dicho cometido, de motivación e instrumental adaptado a las exigencias pertinentes. 
También de un lugar de trabajo con un entorno sugerente.

Cuando termine, no quedarán huellas de mi paso. Solo el cadáver de la mujer de un banquero, en medio de una sala del gran casino.
Un camarero al que nadie recordará, un vino selecto de autor con restos de arsénico, y un juego interrumpido por la muerte inesperada de una ludópata, que estaba dejando sin fondos la visa oro, de su marido, que curiosamente estaba en el extranjero por viaje de negocios.

El asesinato puede llegar a convertirse en un reto para un artista en búsqueda continua del crimen perfecto. También en un medio para redondear ingresos en mi cuenta corriente de Suiza.

Lo que ya os dije: Extirparé un cáncer con vino del caro y me haré rico gracias al juego de azar. No hay imposibles en esta vida.




Derechos de autor: Francisco Moroz









sábado, 1 de julio de 2017

Una gran injusticia





Siempre he tenido mucha fe en el sistema judicial. Creí que la ley me salvaguardaría de las tropelías de los que atacan a los que nos ganamos la vida como podemos.

Ahora estoy aquí sentada y esposada en medio de dos uniformados con cara de malas pulgas, siendo acusada de infligirle daños a la cajera de un local.

– ¡Total! Unos mechones de pelo menos y un ojo a la funerala que importancia pueden tener ante la descortesía de no querer atender mis requerimientos.

También por agredir a los de seguridad, que quisieron atraparme en un descuido, llevándose el primero una patada en sus partes nobles, y el otro un golpe en las piernas con un bate de béisbol que casualmente llevaba en la mochila para una emergencia como esa.

-No aceptan como atenuante la defensa propia.

Igualmente me culpan de desorden público, pues al salir corriendo y con las prisas, intenté parar un taxi poniéndome delante de uno que me esquivó con pericia para ir a estrellarse contra el escaparate de un bar.
Espantada ante la algarabía que se formó en el lugar de los hechos empecé a gritar histérica a los transeúntes, más que nada para que se calmasen y me ayudaran, consiguiendo que alguno de ellos llamara con su teléfono móvil a emergencias, mientras otros desconsiderados grababan la hecatombe.

– ¡Putos traidores!

En unos minutos apareció la policía derrapando con sus coches, saliendo precipitadamente de ellos. Me amenazaron sin compasión hasta hacerme llorar de los puros nervios. Me esposaron y llevaron al calabozo.

Ahora en el juicio también me imputan posesión de armas. No aceptan mis explicaciones y me dicen que lo de salir “escopetada” era literal y no una lindeza lingüística de la RAE. Que me pregunto yo, que qué sabrán los del Real Automóvil Club Español sobre infringir leyes penales.

Estos jueces “estrella” nada más que van a por los pobres que como yo, se ganan la vida atracando bancos.

Qué razón tenía mi madre cuando me decía:
“Hija tienes que estudiar económicas. Los banqueros son los únicos ladrones que jamás van a la cárcel.”

El único consuelo es saber que con estos calores pasaré una buena temporada a la sombra, no me engañan con que eso es una simple metáfora. Seguro que se trata de otra de esas triquiñuelas que utilizan los fiscales para duplicar la condena de cárcel.



Derechos de autor: Francisco Moroz


Relato presentado al reto de las tres palabras, de la comunidad relatos compulsivos.




jueves, 15 de junio de 2017

Todas las primaveras






La niña vio el cortejo desde detrás de un muro ruinoso de un aprisco cercano.

Nueve hombres caminando hacia el cementerio. Tres maniatados con soga de costal, seis con los fusiles terciados, celosos vigilantes de los que ya parecían ser cadáveres demacrados y cabizbajos vestidos de pobres labradores.

Los pusieron contra la tapia, apuntaron y dispararon a escasos metros para no fallar.

Después del tiro de gracia algunos de ellos encendieron un pitillo. Alguien soltó un improperio grosero y entre algunas risas, se marcharon despreocupados de la muerte ajena que dejaban atrás.

La niña corrió al pueblo para contar lo que había visto. Muchos no quisieron oír y la dieron la espalda. Otros callaron por temor a represalias. La mayoría la ignoraron como chiquilla que era, mirándola con indiferencia o desprecio por ser hija de quién era.
No hubo flores para un funeral ni tan solo un recuerdo.

Veinte años después una muchacha se acerca a un árbol y permanece en silencio. Medita, reza, reflexiona y llora.
Cuarenta más tarde la misma mujer con un hombre y tres muchachos que corretean alrededor de un almendro en flor.

La vida la trató bien después de todo. Creció en un Orfanato; estudió lo que pudo y aprendió a coser para ganarse la vida. Se enamoró de un buen hombre que le dio esos tres preciosos hijos y se siente afortunada de tener un secreto jamás revelado a personas ajenas.

Con ochenta y siete años apenas puede moverse. Sentada en su silla de ruedas cuenta a sus nietos como lo hiciera antes a sus hijos, aquella historia de muerte y dolor. Cuando con sus ojos de niña vio como mataban a tres hombres junto al campo santo.

Los enterró con sus propias manos bajo aquel árbol pequeño, cuando nadie más quiso hacerlo.
Fueron su padre y sus dos hermanos los que murieron aquel día por asistir a misa.

Siempre tuvo el consuelo de que cada primavera, fueran los primeros en tener flores rosáceas de almendro sobre sus tumbas.

La memoria histórica fue solo la suya. Las guerras se han de olvidar junto al odio, pero nunca a los muertos que deja entre unos y otros.


Derechos de autor: Francisco Moroz


Relato presentado en la comunidad: Relatos compulsivos Con la temática de "Flores para un funeral"

viernes, 9 de junio de 2017

Un traje viejo





Se pone el traje raído y la corbata gris, añadiendo un pañuelo blanco que sobresale ligeramente del bolsillo de la chaqueta.
Sonríe solo de imaginar la cara de su amada Carmen si le viera vestido como cuando se encontraron por primera vez en la Estación del Norte.

El venía a recoger un paquete para sus padres que le mandaban unos tíos suyos desde Medina del Campo, y ella bajaba tímida y desconcertada de uno de los vagones. Se la notaba nerviosa y asustada.

Se quedó prendado de esa muchacha desde que la vio. Recuerda que no pudo resistir el impulso de dirigirse a ella con la educación y el respeto que le inculcaron sus progenitores.

Al principio desconfió de él, una chica de provincias que viene por primera vez a la capital, no puede menos que hacerlo. Mucho desalmado intentaría aprovecharse de su inocencia; eso les dicen todas las madres a sus hijas. Pero una vez que él se presentó y le prestó su ayuda para encontrar el domicilio donde ella iba a servir como doncella de unos señores, pareció bajar un poco la guardia relajando la tensión de su rostro y regalándole una bonita sonrisa.

Recuerda que la invitó a café, el primer café compartido, de los muchos que tomarían después juntos.

Por eso cada aniversario se pone este traje y se pasa por la estación ¡Cómo ha cambiado todo! Hace muchos años que ya no vienen trenes del Norte, pero a él no le importa. El que tuvo que venir ya lo hizo hace muchos años.
Después se va al local, aquel donde tomaron su primer café, “Gijón” se llama. Se sienta justo en el mismo espacio donde se sentaron hace tanto tiempo, eso no ha cambiado en esencia todavía. 

Se conservan las mismas mesas y sillas donde ellos se sentaban; los mismos espejos donde veía reflejado su bonito rostro. Cada vez que salían a pasear, paraban allí para saborear ese café que significaba todo un vínculo entre los dos. 
Naturalmente que lo hacían cada aniversario, desde el primer encuentro, como hoy, uno más de los muchos que ya va celebrando solo.

Más tarde comprará un ramo de flores rojas y blancas e irá a llevárselas al cementerio. Se sentará junto a ella y le dirá lo mucho que la echa de menos, que sin ella nada es lo mismo. Le contará de esos hijos que crecieron y marcharon lejos, y que alguna vez de tarde en tarde vienen a verle. Acariciará el frío mármol como cuando acariciaba su cálida mejilla mientras imagina, su cara bonita de muchacha provinciana. La de esa mujer que posa junto a él en un retrato que se hicieron en la plaza Mayor hace…ni se acuerda cuantos años, y que conserva en su mesilla de noche, al lado de esa cama que se le hizo grande y fría desde que ella volvió a coger un tren que nunca regresó a la estación de la vida.

Sonríe de nuevo, como cuando salió hace unas horas a la calle, volviendo a imaginar la cara picara que ella pondría si le pudiera ver con este traje gastado que ya le viene grande haciendo juego con la corbata gris y el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. 
Lo guarda como oro en paño, solo para ponérselo en las grandes ocasiones como la de hoy. Para encontrarse con su amada esposa una vez más, hasta que la muerte los vuelva a unir.

Una lágrima furtiva se le escapa mientras vuelve a marchar a casa con andares cansados y espalda encorvada.

Reflexiona sobre el eterno amor y la breve vida.




Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 1 de junio de 2017

Recuerdos de niñez






“Hoy hace un año, comenzó nuestro principio”

Con esta contundente frase terminaba un manuscrito  deteriorado por la humedad y el fuego que había encontrado debajo del cobertizo de las mulas. Lo único legible, que se convertía por ello, en una cita lapidaria.

Regresó de otra tierra donde se refugió y preservó su vida, a la vez que pretendió olvidar un pasado que ahora quería recuperar.
Medró en la corte real, reclamando el título nobiliario que le correspondía por herencia.
Quería saber las circunstancias que provocaron su alejamiento del solar familiar.

Recuerda como dentro de una nebulosa el comienzo de su forzado viaje: Las prisas, los cuchicheos y la oscuridad de la noche sin luna. Recuerda el sabor salado de las lágrimas de su madre que llegaron a su boca y el fuerte abrazo de su padre, con el que confirmaba la confianza que depositaba en él, un niño de seis años. Su único heredero.

Después rememora el frío de las montañas y el miedo a los aullidos que parecían seguirles durante el viaje.

Veintitrés años después regresaba para encontrar unas ruinas quemadas, allí donde se erigía antaño su hogar. Aquél donde de manera inusitada se puso fin a su niñez.
Su mentor, que le acompañó en el forzado destierro; hacía unos meses que había muerto de viejo. Feliz por haber cumplido su misión.

Antes de exhalar su aliento postrero, depositó un anillo en su mano diciéndole: –Nunca olvides quien eres– e instándole a encontrar sus raíces y su historia.

Cinco años después de su regreso ¡Por fin! Se hallaba donde le correspondía. En las tierras que antaño fueron igualmente concedidas por el rey a su familia.

Ha vuelto a reconstruir el castillo. Más alto y recio, más escarpado. Para que no se vuelvan a repetir las circunstancias que forzaron su exilio.

Ahora, la población de la que es señor y de la que salieron los verdugos de sus padres, tendrá que pagar el tributo de venganza correspondiente.

Luce en su dedo un anillo con un dragón.

Vlad IV empezará a ser conocido como Drácula, el hijo del diablo.



Derechos de autor: Francisco Moroz


                      Relato presentado en la comunidad de: Relatos compulsivos.



sábado, 13 de mayo de 2017

Amor del propio




Temía fracasar y por ello nunca se presentaba a esos concursos para escritores que proponían algunas comunidades de blogueros, donde aficionados a la escritura competían con sus letras para que estas bien conjuntadas y conjugadas, presentaran una historia coherente y sugestiva que al jurado lector le pareciese digna de ser mencionada con un premio que lucir orgulloso en su muro.

Se conformaría con ser leído y comentado, pero a causa de su timidez e inseguridad no se atrevía nunca a subir ninguno de sus escritos a la red. A él no le parecían malos, pero temía las críticas de las personas que tenían muchas tablas en ese asunto de darle a la tecla con propiedad. Y es que los había ¡Muy pero que muy buenos! Y el respeto que les tenía era del mismo calibre que el profesado a sus maestros en sus días de escuela. 
Siempre los veía superiores, sobradamente preparados y cultos con respecto a sus escasos conocimientos sobre toda materia que el pudiera poseer.

Pero es que le encantaba hacer malabarismos con las sílabas y las consonantes, con las palabras y frases que formaban una idea, una historia narrada en drama, romance, poesía o ficción. Estaba subyugado con la literatura, con los libros y con ciertos autores que sabían contar lo que a él nunca se le hubiera ocurrido ni en sueños.

Por ello se sorprendió a sí mismo una mañana, cuando al despertar lleno de energía y motivación, encendió el ordenador y buscó una prueba a la que apuntarse. Demostraría toda su valía y seguro que conseguía algún pequeño premio que le desquitara de su continuo anhelo.

Se inscribió y participó. Espero con expectación durante quince días, y para su satisfacción recibió los aplausos virtuales y los agradables comentarios de felicitación de los asistentes al evento y en Facebook, sus seguidores le dieron muchos likes. Y por descontado le concedieron la copa virtual al campeón.

Era su primera prueba y la había superado con creces. Y es que acertó tantas veces seguidas en la diana con los dardos, que sus contrincantes quedaron desbancados enseguida.

En otra ocasión se apuntaría a concursos literarios. De momento se conformaba con su pequeño triunfo.




Derechos de autor: Francisco Moroz



Relato presentado al reto de las tres palabras en la comunidad de: Relatos compulsivos

jueves, 11 de mayo de 2017

El quinto elemento





En la habitación parpadean unas luces azules y amarillas, un foco ilumina el centro de una mesa. Alrededor de ella cinco hombres importantes controlan los designios de todo el mundo. Unas pantallas de ordenador son testigos mudos del enfrentamiento.

En estos momentos el silencio reina en el habitáculo, un silencio que se podría cortar con un cuchillo a causa de la tensión con la que está cargado.
De pronto uno de los individuos con galones, habla para decir al que tiene en frente:

-Creo que esta zona la acabas de perder campeón, tu estrategia de defensa no ha sido la más adecuada. Has apostado tus tropas en un llano donde son visibles desde lejos, siendo blanco fácil para mis soldados y mis cañones.

-¡No puede ser! – responde el otro enrabietado. Creía que los árboles de ese bosque cercano me ocultarían de tus oteadores. Pero espera, creo que tengo una sorpresa para ti... 
Coge una de las tarjetas que tiene a su lado y después de leerla sonríe enseñando los dientes cual lobo a punto de lanzarse sobre su presa.

-¿¡Qué!? –dice el otro.

-Malas noticias para ti mi comandante acabas de morir a causa de un certero disparo realizado por uno de mis francotiradores apostados en esos matorrales que no has visto. Muevo a mis unidades a posiciones más ventajosas mientras tú pruebas suerte en tu turno a ver si consigues ascender a alguno de tus capitanes para que asuma el mando. -El primero pega un puñetazo encima del tablero que descoloca alguna de las piezas situadas en los casilleros-.

-¡Eh, Eh, Eh! –dice un tercero, tranquilo colega, esto es como el ajedrez, un juego de caballeros, si no sabes perder te levantas y te relajas dándote cabezazos contra la pared. Estas partidas son serias y se necesita cierta disciplina militar, para encajar los resultados negativos de tu mala gestión como estratega.

-¡Bien dicho mi general!- responde un cuarto-.  Pero usted descuidó la retaguardia en su anterior jugada y me toca mover a mí. -y mientras se dirige con esas palabras a su mando superior, coloca por detrás y por delante de unas figuritas de soldados vestidas de verde, otras con soldados coloreados de rojos y unas más con forma de tanques.

 - Creo que acabo de desbaratar los planes de avance por este sector, está usted bloqueado.

-Me caguentó! ¡No es posible!¿De donde han salido estas piezas?¡Maldita sea tu estampa!

-General, dice el comandante, aplíquese la consigna que me dio hace un ratito. Hay que saber encajar las perdidas, y ya que hemos sido derrotados y nos hemos quedado sin munición y sin territorio que conquistar y defender para nuestros respectivos países ¿Qué le parece si salimos afuera a echar unos pitillos?

En ese momento las paredes y el suelo empiezan a temblar como por efecto de un terremoto, vibran los paneles y las luces azules se ponen rojas e intermitentes. Los ordenadores enloquecen entre pantallazos; unas sirenas angustiosas empiezan a emitir su alarmante sonido y otro más ronco se superpone a él.

Los cuatro individuos miran a un quinto con la incertidumbre y el miedo pintado en sus rostros.
Uno de ellos, el malogrado general, interroga con la mirada al personaje en cuestión, que se encuentra cerca del tablero de mando, y este, se encoge de hombros y les dice con voz pausada a los otros cuatro:

-Creo que acabo de derrotaros a todos, de manera magistral.

-¿Cómo? -pregunta el comandante.

-Cuestión de suerte y oportunidad. Pues en la tarjeta que cogí en mi turno de jugada ponía: "Puedes apretar el botón rojo y con eso concluirás la partida siendo ganador absoluto de los juegos de guerra nuclear".

Mientras el quinto hombre comunica esto a sus cuatro compañeros, afuera, en la explanada, se abren las compuertas de los silos donde se almacenan los misiles de largo alcance con ojiva activada, que apuntan al resto de naciones. 

En unos escasos 15 minutos quedará terminado definitivamente este pasatiempo tan entretenido en el que  seguro quedará mucho escombro y devastación y al menos 10 millones de almas menos. Y lo peor de todo es, que los juegos de rol crean adicción y otros, podrán volver a jugar otra partida.




Derechos de autor: Francisco Moroz

domingo, 30 de abril de 2017

Nada te turbe





Los acontecimientos se precipitaron de manera inesperada. Los periódicos se hicieron eco de la noticia y todos respiraron tranquilos y aliviados ¡Por fin se había detenido al asesino!

Desde 1982 sin fallar ni uno solo, durante las celebraciones de la tradicional Semana Santa de Cuenca se cometía un asesinato. La víctima siempre era uno de los miembros de alguna de las cofradías de las muchas que participaban en las procesiones que tenían lugar durante esos días.

Treinta y cinco muertes injustificadas cuya resolución había tenido en jaque al cuerpo policial y a la guardia civil. Esclarecimientos de los hechos que daban un respiro al gobernador que compareció ante la prensa nacional explicando con detalle cómo se habían acometido los trabajos de investigación y seguimiento para detener al culpable. Este no era otro, que un conocido sospechoso y en principio simple alborotador. Que aprovechaba los tumultos y las concentraciones masivas de personas, que se originaban en los desfiles de las diversas cofradías a lo largo de las calles de la población Castellana para cometer sus crímenes.

La única prueba aportada era el haber encontrado al culpable tirado en la acera junto al cadáver de su última víctima. puesto de alcohol hasta las trancas y las manos llenas de sangre. Suficiente para inculparle y cerrar el ominoso caso que tenía desquiciadas a las autoridades, aunque no hubiera rastro del arma homicida.

                               


Cada vez le resultaba más difícil ser el mejor timbalero de la procesión conocida popularmente como: "Las Turbas."* Eran muchos los que querían ingresar en esta cofradía de hermanos tan famosa en la comunidad castellano manchega y con renombre a nivel mundial.

Muchos eran los candidatos que querían destacar con sus tambores haciéndolos sonar con furia en los desfiles del viernes santo. Pero solo él ponía verdadera devoción en lo que realizaba.

Cada golpe con la maza en el cuero de su timbal, formaba una letra que a su vez se convertía en frase y esta, en una especie de sincopado rezo en forma de canon repetitivo que memorizó de uno de los poemas de la Santa Teresa y que rezaba: 

“Nada te turbe nada te espante. “Todo se pasa, Dios no se muda todo lo alcanza.”

Cada año se imbuía de fervor por “su tradición” que era como una penitencia de obligado cumplimiento. Golpear y golpear hasta la sangre repitiendo las letras que formaban la frase. 
Sabiendo que se jugaba su integridad física. 

Este era su último año en Cuenca. Se saldría de la cofradía y se incorporaría a alguna de Sevilla, Salamanca o Valladolid. En realidad le daba lo mismo, el caso era acometer con entusiasmo su misión en este universo de pecadores.

Su timbal lucía con orgullo las señales ensangrentadas y resecas que año tras año como galardones, volvían a humedecer el parche de cuero de becerro que cada vez sonaba más recio, más grave, más ronco y que hacia vibrar su corazón, y enaltecía su alma inmortal con su sonido inigualable y carismático.

Lo único que le diferenciaba a él de los demás tamboreros era precisamente esa sangre impregnada en el mazo, en el cuero y en sus manos.
Los demás se dejaban su propia piel en cada toque. Él elegía víctimas propiciatorias como hiciera Abraham en su momento, y las inmolaba para que formaran parte de cada una de las letras de su oración.

La Semana Santa del 2017 llegaba a su fin y con ella un ciclo. Elegiría una nueva oración, una nueva ciudad y unas nuevas víctimas.

Sonreía cuando en los noticiarios oía como le calificaban de asesino en serie, cuando en realidad era un fervoroso y piadoso penitente.


Derechos de autor: Francisco Moroz


*"Las Turbas" 
Una procesión que tiene lugar el viernes santo en la ciudad de Cuenca, dentro de las celebraciones de la Semana de Pasión.
 También conocida como la "Procesión de los borrachos" o 
"La Tamborrada" se caracteriza por la asistencia de miles de cofrades que gritan mientras hacen sonar timbales, tambores y clarines. Símbolo del escarnio al que fue sometido Jesús de Nazaret.



Propuesta presentada al reto de la comunidad: Relatos compulsivos.
Escribir una historia basada en la imagen que la antecede.



jueves, 27 de abril de 2017

Arrebato fatal




Nada más regresar a casa y abrir la puerta noté las malas vibraciones que fluían a través del pasillo. Esa atmósfera densa en la que se podía masticar la tensión.
Saludé no obstante por si hubiera alguien, pero nadie me contestó, o al menos ese alguien no quiso hacerlo.

No le di mayor importancia al asunto y me dirigí al baño para asearme rápidamente y sentirme fresco después de la jornada agotadora en la fábrica. Por el olor que había aspirado al entrar, hoy se preparaba algo sabroso en la cocina. Mi mujercita es buena cocinera y lo demuestra cada vez que me sorprende con esos aromas y sabores culinarios.

Con lo cual,  suponiendo que ella se encontraba realizando alguna maravillosa especialidad gastronómica, dirigí mis pasos hacía allí, donde un estómago hambriento dirige a unos obedientes pies.

Nada más asomar por la estancia me percaté muy tarde que no me había metido en la cocina, sino en la boca del mismísimo lobo, personificado este, en la figura femenina de mi consorte.

Su cara era la fiel estampa de una de las furias mitológicas y su actitud ejemplo de posesión diabólica; hablaba sola mientras caceroleaba y echaba utensilios a la pila y removía un sofrito en una sartén con inusual energía y brusquedad.

Cuando la saludé pegó un brinco del puro sobresalto al no esperar mi presencia. Comprendí el porqué de la falta de respuesta ante mi anterior saludo al entrar en nuestro hogar: No me había oído, pero esta vez sí que lo había hecho, y en cuanto se recompuso de la sorpresa me miro echando chispas por los ojos y el que tuvo que oírla fui yo. Empezó a decirme:

-Tú y tu santa madre me tenéis hasta la coronilla. –Esto lo hacía mientras sostenía una cuchara de palo en la mano como una herramienta mortal.-

-¿Pues qué le pasa a mi madre? ¿Y qué he hecho yo para merecer tal recibimiento?

-¡Nada, el señorito no ha hecho nada! ¿Quizás que la has dicho que viniese a comer hoy que no tenía plan ni previsión de que lo hiciera?

-Mujer, es mi madre, y me llamó anoche porque tenía ganas de vernos y me preguntó si era buen día para venir.

-¡Eso mismo es lo que pasa! ¡Y aún te parecerá poco! –Respondió.

-¿Porque yo no cuento? ¿A mí no se me consulta si me viene bien o mal? ¿Yo soy el mero instrumento para preparar la comida para complacer a la mamá y a su hijito? ¿Es eso? ¿Pues sabes lo que te digo? ¡Esto termina aquí!

Dicho y hecho, había soltado el cucharón de forma rápida e inesperada, y con la misma soltura y no sé bien como, vi aparecer otra herramienta en su mano, una que podía ser perjudicial y que me hizo sentir inseguro. Un cuchillo afilado que parecía soltar los mismos destellos asesinos que su portadora.

-Tranquilízate mujer, -le dije, a la vez que levantaba las manos como símbolo de rendición-
-Sabes que estas cosas son inesperadas y tienes que decidirlas en el momento, sin consultar a terceros.

Ese fue mi gran error, no mediaron más palabras. Ella me lo había lanzado al pecho.

Vi con sorpresa como, en mi camisa blanca se formaba una mancha roja que se extendía, mientras goteaba hasta el suelo formando un pequeño charco salpicado con trozos de lo que parecía carne picada.  Entonces comprendí con horror lo que había pasado. Creí morir en el momento en que me percaté de que la muy…

...Me había tirado al pecho el bol, lleno de esa salsa a la boloñesa que sabe que me gusta tanto.
Con su acción me daba a entender que la conversación había concluido, y que hoy me quedaría cabreado y con hambre. 

Ella sin embargo siguió troceando con la afilada herramienta de cocina, una lechuga.

¡Tan frescas las dos y como si nada!



Derecho de autor: Francisco Moroz







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